Análisis, Con los ojos abiertos

La muerte no entiende

la muerte no entiende

Deberíamos romper con el tabú de la muerte, entender que es tan certera como la vida, que mientras no nos alcanza podemos disfrutar de un presente consciente

Recuerdo las primeras veces que iba con mi madre y mi abuela al cementerio. Apenas visitábamos la tumba de mi abuelo, la primera gran pérdida familiar que recuerdo y a la que después se sumó mi padrino, y me hablaban de otros difuntos que estaban en otras lápidas y que nunca llegué a conocer; otros que sí, pero que nunca tuve un trato muy cercano. Lo curioso es que ahora, cuando vuelvo al cementerio –admito que en franjas de dos a tres años-, cada vez tengo más tumbas que visitar. Cosas del paso del tiempo…

Hablar de muerte es incómodo, molesto; da miedo. Es como hablar de algo que sabes que te va a alcanzar pero que no quieres ver. Es el gran tabú de la existencia, y el gran tabú de las conversaciones familiares.

No nos han enseñado a aceptar la muerte ni a entenderla, y no por omitirla va a alejarse de nosotros. No es como otros asuntos que puedes guardar en un cajón y tenerlos ahí sin abrirlos el resto de tu vida; la muerte siempre ataca por algún lado: en recuerdos, en miedos o en nuevas pérdidas. Y es que, junto al cambio y la incertidumbre, es una de las cosas con las que seguro te vas a tener que ver de frente. Entonces, ¿por qué no nos enseñan a convivir con ella? De eso dependerá vivir con miedo o vivir con plenitud.

Aunque es y seguirá siendo un misterio, al igual que la propia vida, hay algo que sí que nos han dejado claro: la única muerte bien aceptada es la de morir de viejo. Es el duelo más liviano, el que tiene comprensión, porque has completado tu ciclo y has cumplido tu función. Es la muerte socialmente aceptada. Tanto, que no nos damos cuenta que no es precisamente la más habitual. Pero como no asumimos que este viaje es de un billete y que el tren va a toda velocidad y en cualquier momento puede hacer una parada inesperada en la estación, hacemos duelos interminables cargados de interrogantes y por qués. La respuesta es un porque sí, porque las cosas han venido así y hay que seguir andando por los que ya no pueden seguir dando sus propios pasos.

Entender la vida es entender la muerte, y quien no haya llegado a este punto va a acumular mucho sufrimiento ante las pérdidas que inevitablemente va a traer este camino. Muchas veces el miedo a la muerte es un miedo al no aprovechamiento de la vida. Seguro que todos tenéis en mente alguna persona mayor que dice sin pudor que no tiene miedo a la muerte, que está en paz, que ha hecho lo que tenía que hacer, y que confirma esta teoría. Otras es, simplemente, el terror ante lo desconocido.

Entender la muerte es saber que en cualquier momento va a tocar la puerta, y eso nos hará huir de la ‘soberbia del tiempo’, de creernos inmortales, de postergar y de no tomar conciencia de cómo funciona el juego. Veo esos jóvenes sin cinturón que se matan en accidentes de tráfico, o que conducen bajo efectos de ciertas sustancias; esos fumadores obsesivos bajo el lema de ‘nunca me pasará a mí’, o peor aún, con el ‘de algo hay que morirse; o los que matan el presente con una sobrecarga inaguantable de horarios pensando en lo que quieren construir en el futuro como si tuvieran la certeza de que va a llegar. No se trata de derrotismos o de entrar en el pesimismo, sino de tomar consciencia y vivir en el ahora.

La muerte no entiende de personas que fueron buenas o malas, de si cumplían o no su función; de si quedaban asuntos pendientes; de si quería comprarse una casa o un coche; de si llevaba años luchando por su sueño. La muerte no entiende de edad y de nada nos sirve agarrarnos al ‘no es justo’ o al ‘era muy joven’. Esto ha pasado siempre, solo que décadas atrás no tenía nombre y de repente se les esfumaba la vida.

Tanto nos negamos a la aceptación de los duelos que cuando las pérdidas no van asociadas a la muerte, como es una ruptura amorosa o una separación familiar o de amigos, el patrón sigue siendo prácticamente el mismo.

Tenemos que empezar a aceptar que nada nos pertenece, que no tenemos el control. Que mientras estemos aquí los días los podemos pintar de colores. Y disfrutar, por los que ya no están, y que sin duda estarían dando caña si siguieran aquí como nosotros lo hacemos.

Aceptemos el proceso. Vivamos el camino hasta que nos alcance.

Lydia Martín

Periodista, cantante y escritora. Especializada en Inteligencia Emocional y PNL. Directora de VivirConLosOjosAbiertos

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