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Saltar de la zona de confort sin que te empujen

saltar de la zona de confort sin que te empujen

Nos asaltan mensajes a diario en los que nos animan a salir de este espacio por parte de quienes ya lo consiguieron, pero para descubrir el camino hay que empezar a andar

‘Los Puentes en llamas’, un poema de Hovik Keuchkerian, decía que “Soy los caminos que me quedan por recorrer. Soy los puentes que dinamito cuando me marcho, que si tengo que volver ya volveré por otro lado”. Cuentan que los poemas y las canciones tienen tantas interpretaciones como personas las leen o escuchan. De ahí que los versos de este inimitable renacentista moderno -ex boxeador monologuista, poeta, actor, escritor y filósofo no reconocido- me llevan a la creencia de que, en ocasiones, volar los puentes de nuestras vidas, sin dejar ni rastro, quizás sea lo más sensato que podamos hacer. Pero no es tarea sencilla.

Dejar las llamas detrás de nosotros evita que tengamos las tentación de volver. Si ya no hay puentes tendremos que buscar otros caminos; si ya no hay casa, habrá que buscar otro hogar. Y es que la tentación de seguir abrigado en la cama, protegido del frío exterior, es tan atractiva que desarrollar nuestro lado kamikaze puede ser la idea más cuerda de todas las que viven en nuestras cabezas.

Nos asaltan mensajes a diario en los que nos animan a salir de lo que llaman zona de confort, recomendaciones que llegan por múltiples medios de parte de aquellas personas que ya lo hicieron anteriormente y lo han convertido en una experiencia vital de crecimiento. Desde la tribuna del éxito te animan a seguir tu instinto, serte fiel a ti mismo (la fidelidad más difícil de cumplir) y descubrir cuál es tu camino, un camino que solo conocerás si comienzas a andar, como nos aconsejó Machado.

La lucha no es pequeña: se trata de batallar contra nuestra propia esencia, contra el cobijo de nuestra madre, contra el dormir acurrucado en posición fetal, agarrar la almohada para buscar protección, un asidero. Rebelarse ante ello es una disputa que no debe ser despreciada. “Ve a lo seguro”, “para dejar el trabajo tendrás que tener otro detrás”, “¿cómo vas a pagar las facturas”. Son consejos repletos de sentido común que conectan con nuestro primario deseo de seguridad sin ningún tipo de dificultad.

Por eso no debemos despreciar el valor del tiempo. Seamos conscientes de que los mensajes conservadores no requieren esfuerzo de asimilación, entran directos en nuestro interior, porque no nos engañemos, tampoco se está nada mal al “calorcillo del fuego sagrado de la costumbre”, que cantó Krahe. Es muy atrayente pasar abrigados el invierno.

Sigamos con el factor tiempo: Vivimos en la inmediatez, en la idea de que esto se acaba. Por eso se exige que las decisiones vayan con la misma velocidad, que nos lancemos al vacío, porque es la mejor decisión. Y sí, puede que lo sea, pero se trata de que saltes tú de la avioneta, no de que te empujen. Se trata de que sea tu decisión y tu camino, no el que te asignan ni el que satisface al exterior.

Se trata de que saltes tú de la avioneta, no de que te empujen. Se trata de que sea tu decisión y tu camino, no el que te asignan ni el que satisface al exterior.

Quizás lo revolucionario no sea pensar que la vida son tres días; quizás sean algunos más. Lo rebelde puede ser reclamar tu espacio y tiempo propios. No se trata de conformismo, ni conservadurismo, porque lo radical hoy es negarse a seguir esa corriente frenética que nos arrolla.

Agradezcamos las guías que se nos ofrecen, las manos tendidas, aprovechémoslas, pero permitamos el crecimiento individual, el que nace de nosotros sin la pretensión de contentar expectativas ajenas; reivindiquemos el derecho a tener nuestros propios tiempos y no ser presos del ritmo y decisiones que nos imponen. Eso es una verdadera revolución en nuestros días.

Al fin y al cabo no olvidemos que es nuestro puente el que vamos a llenar de dinamita y ya no volveremos a pasar por él.

Vicente Martín

Periodista

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