Análisis, Con los ojos abiertos

Transmutar

transmutar

A veces nos puede más el ego que el acuerdo; alejarnos con la cabeza demasiado alta en vez de agacharla un poco para llegar al entendimiento. Porque si algo he aprendido es que ante el orgullo, todos pierden.

Después de la terapia, de los rituales a la luz de la luna; de estudiar perfiles, devorar libros y formarme para relajar las emociones; del perdón sin ni siquiera oír esa palabra y del forzoso dejar ir, llega esa palabra tan compleja: transmutar. Y resuena como si fuera a destiempo, como una vieja conocida que estaba ahí de fondo pero que no quisiste hacerle demasiado caso. Y …¡Boom! De nuevo se te pone de frente, como si el cambio no hubiera sido la única constante; cómo si no hubieras buscado las mil formas de que tu mente encaje la historia más desastrosa que recuerdas sabiendo que ese no era el final que estaba previsto.

No siempre los comportamientos ni los finales tienen una explicación lógica o coherente. A veces nos puede más el ego que el acuerdo; alejarnos con la cabeza demasiado alta en vez de agacharla un poco para llegar al entendimiento. Porque si algo he aprendido es que ante el orgullo, todos pierden.

Nos enseñan que no debemos mostrar nuestra fragilidad, porque sentirse mal está mal visto. Jugamos al ‘todo va bien’, al mensaje edulcorado, a demostrar que uno ha ganado el duelo diciendo que está genial en menos de una semana después de una bomba emocional y una separación por supervivencia. Preferimos no ser honestos, no demostrar que nos quebramos. Y en eso nos hemos convertido: en vidas plastificadas que muestran una cara de aparente luz y se comen las sombras hasta tal punto que van consumiendo.

Y lo entiendo. Porque nuestras ventanas, esas redes sociales, cuando muestran la realidad, el llanto, el duelo o la tristeza, reciben llamadas, mensajes y murmullos de “a esta le pasa algo” o “tú no debes de poner esas cosas”, “tú siempre mensajes positivos y que todo va bien”. Cuando mostramos la realidad emocional de la tristeza (que no la ira), el rechazo social es inmediato. Son las mismas personas que interactúan ante las frases hechas de autoayuda/espiritualidad que suenan bonitas pero que en muchas ocasiones camuflan una ira plasmada en indirectas.

Por eso cuando puedes hablar de tú a tú con el corazón abierto, con el alma en su estado máximo de nobleza; cuando recuerdas el dolor sabiendo que es compartido desde diferentes focos y puedes sacar esas espinitas verbalmente sin que te juzguen, y también te comparten las astillas que tienen en la piel, te das cuenta que esas personas tienen un hueco imborrable en tu vida. Y ahí viene otra palabra que personalmente me encanta: la admiración.

Pero a lo que iba… a transmutar.

Si algo tenemos claro es que no podemos cambiar al otro, así que solo podemos cambiarnos a nosotros mismos, intentar entender la historia pero no guardar ese rencor que nos acaba consumiendo. No se olvida un dolor profundo en pocos meses, ni los duelos desaparecen cuando los tapas de historias repetidas. Tampoco hay un patrón estándar válido para todos, pero ya entendéis de lo que hablo.

Transmutar, esa palabra que sonaba hace horas como consejo, implicaba olvidar un poco el dolor y quedarse con lo bueno. Potenciar el amor al concepto de desear lo mejor y sentirse en paz. En que, con el tiempo, la historia ya no pinche, ya no punce.

Todos tenemos historias sin transmutar, o simplemente nos resistimos a hacerlo porque en este estado es la única forma de no soltarlas y que permanezcan con nosotros.

Y esa teoría, que sin duda tenemos la capacidad de alcanzar e incluso mejorar, suena bonita mientras nos brillan los ojos recordando aquello que nos dolió, esperando una conversación que nunca llegará, y pensando esos ‘y si’ y ‘hubiera’ que tienen ya poco sentido. Le ceñimos al tiempo el poder de curarlo todo sin saber que lo que importa es qué haces con él, cómo transformas el dolor en aprendizaje, en resiliencia. Todos tenemos historias sin transmutar, o simplemente nos resistimos a hacerlo porque en este estado es la única forma de no soltarlas y que permanezcan con nosotros.

Libro cerrado y páginas en blanco

Cuando pasa el tiempo, cuando cierras el libro y decides abrir páginas a ver con qué tinta se escriben; cuando miras atrás y ves los escalones subidos, te das cuenta que has transmutado por una cuestión de supervivencia. Pero en ocasiones se queda ese tono agresivo que te sale si recuerdas la historia y que no suena en paz, esa rabia por no tener esa conversación que creías necesaria y que intentaste, una y otra vez.

Y ahí viene la nueva transmutación y, tal vez, la definitiva: que nada externo, ni ningún recuerdo interno, tambalee ni un ápice tu mundo, ni te cree una noche cargada de pesadillas en la que no puedes dormir.

Tendremos que seguir aprendiendo, transmutando, dejando ir.

¿Acaso no es apasionante el camino de ver cómo somos capaces de convertir las cenizas en altos vuelos?

Lydia Martín

Periodista, comunicadora e inspiradora. Especializada en PNL. Directora de VivirConLosOjosAbiertos

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