Con los ojos abiertos, Tomando conciencia

Un cuento de sanación

un cuento de sanación

La historia de un sueño sobre proyecciones que hacemos hacia los demás y su reflejo en la realidad del día a día 

Anoche tuve un sueño muy denso o eso creía, un sueño en el que yo era una madre, una madre con un hijo que tenía una misión que cumplir para ayudar al mundo a ser feliz a encontrar la paz.

Esa madre se hizo muchas ilusiones sobre cómo iba a ser la misión de su hijo, ella lo proyectaba como un líder de éxito, muy respetado y valorado por todos, se veía orgullosa de ser su madre.

Ese niño, ya desde pequeño era muy inteligente y llamaba mucho la atención por su gran conocimiento y don de palabra y su madre se sentía muy feliz.

El niño llegó a convertirse en un adulto y comenzó con su proyecto, con su camino, con su vida y todo parecía que iba a ser tal y como la madre había proyectado. Su hijo parecía que empezaba a tener éxito, tenía muchas personas interesadas en su proyecto y querían formar parte del mismo. De hecho, ya había empezado a formar un grupo de trabajo con el que estaba tomando forma, eso que él llamaba “su misión de vida”.

La madre se sentía alegre y confiada en que su hijo iba a ser tan exitoso como ella había imaginado tantas y tantas veces.  Pero, sin saber ni cómo, de repente, un día todo cambió para siempre, se formó mucho revuelo en los medios de comunicación y unas amigas fueron a avisarla: su hijo había sido detenido e iba a ser juzgado en breve, acusado de incitar a la rebelión popular. Ella no lo podía creer, fue a buscar a su equipo de compañeros de trabajo, a su grupo de seguidores y no halló a ninguno, todos habían desaparecido. Se quedó enmudecida, al ver como todo sucedía delante de sus ojos y ella no podía hacer nada.

Todo sucedió tan rápido, tan deprisa, en apenas tres días, ese hijo tan maravilloso y con un futuro prometedor había muerto. Apenas podía respirar para poder sostener todo lo que estaba sucediendo. En su mente solo encontraba una y otra vez un pensamiento: “no lo entiendo, no entiendo nada”.

Pasado un tiempo, trataba de encontrar los motivos, las razones de lo sucedido, pero aunque parecía que hallaba una respuesta, algo en su mente no estaba en calma.

Siguió pasando el tiempo y aún en su mente rondaban varias preguntas: ¿y tú qué hiciste? ¿Por qué no lo liberaste? ¿Por qué te quedaste quieta, parada,…? Y ante esas preguntas, un dolor surgía en su corazón que no lo podía soportar; no solo el dolor, sino la vergüenza y la rabia con su hijo, la cual no podía a penas reconocer, por dar lugar a aquella situación, por no defenderse, por dejarse juzgar sin más, sin oponerse a aquella denuncia tan irreal para ella y tan falsa, y dar lugar a que lo mataran. Pero era aún más doloroso enfrentarse a la culpa de oírse y verse responsabilizar a su propio hijo de su dolor, de su angustia, que esto le hacía hundirse aún más y más en su sufrimiento.

Un lluvioso día, estaba en una reunión con unos viejos conocidos y uno de ellos sacó a relucir una historia que a ella le recordó todo lo vivido con su hijo. Surgió en ella una furia que dejó salir y algo en su mente dijo: ¡BASTA!, ya no quiero más estas historias en mi vida. Ya no más reuniones para recordar una y otra vez el pasado, vivir esto me duele ya demasiado, quiero soltarlo.

Uno de sus amigos se acercó hasta ella para consolarla, como tantas veces había sucedido, pero aquel día, dijo: No, no quiero más. Se quedó por unos momentos con ese dolor, sus lágrimas corrían por su cara, en ella parecía no haber consuelo y como una película vio pasar por su mente toda su vida desde “aquel día”, parecían haber pasado más de 2.000 años.

Por primera vez, quería ver su dolor, su verdadero dolor, no quería seguir taponándolo con otros. Se quedó en silencio, escuchando sus reproches hacia ella misma, por actuar como actuó, por reaccionar como reaccionó, por quedarse tanto, tanto, tanto tiempo lamentándose.

Había dejado de llover y un suave aroma a tierra húmeda llegó hasta su nariz, traído por el viento de la noche. Tomó una profunda respiración y dejándose ayudar por ese viento, empezó a soltar todos esos reproches, todos esos resentimientos como si los echara al fuego de una hoguera y, poco a poco, su llanto se fue calmando y alguien le dio un beso en la mejilla y le dijo: “María, despierta, que todo ha sido un sueño”.

Perdona y suelta el pasado.

Gracias, gracias, gracias.

Cristina Martínez

Psicóloga y educadora social para La Paz

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